miércoles, 29 de abril de 2026

Un juguete roto en la Maratón de Londres

 


Citius, altius fortius  es el lema olímpico que alienta o invoca a los deportistas a conseguir lo que los tres acusativos proclaman. Las tres palabras provienen de sus tres respectivos adjetivos latinos cito, altus, fortis, que han sido transformados en adverbios comparativos a través de la terminación ius.

Entre ser rápido, fuerte y llegar alto y ser más fuerte, más rápido y llegar más alto hay una gran diferencia, que se cifra en la competitividad. Sin la terminación ius nos encontramos ante la mera descripción de una cualidad conseguida en el cuerpo de un atleta gracias a la preparación, el sacrificio, el esfuerzo y, en buena medida, a la naturaleza de sus genes.

Digamos que el sufijo ius es transformador porque parte de una realidad individual para convertirse en plural gracias a la concertación de un enfrentamiento con el que dilucidar el mejor entre dos o más varios contendientes, y por tanto el digno merecedor de la corona laureada a costa del fracaso de sus rivales. Es decir, tras la competición alguien es fortius porque otro es el debilior.

El padre dominico y pedagogo francés Henri Didon creó la máxima y la esculpió en piedra en el frontispicio del colegio Alberto Magno de Accueil. En origen fue un lema educativo y deportivo que pretendía inculcar en los estudiantes el esfuerzo y la superación constante.  Didon conocía a Pierre de Coubertin, quien adoptó en 1894 los tres acusativos como consigna inspiradora de la primera olimpiada de la edad moderna.

Hace cinco años, parece ser que como respuesta solidaria a causa de la pandemia del COVID, el Comité Olímpico Internacional añadió a los tres acusativos latinos el adjetivo communiter, que significa juntos, de modo que el eslogan actualizado oficial es “Más rápidos, más altos, más fuertes-juntos.” Al incorporar el nuevo adjetivo, el resultado de la consigna olímpica es un oxímoron, porque entre los más y los menos no puede haber unidad. Uno es más a costa de los menos y uno es menos en beneficio del que es más.

Llegado a este punto alguien me aconsejará que deje de fumar grifa, que no me caliente, que la cosa es mucho más sencilla. Tan sencilla como que la divisa olímpica alternativa, “lo importante es participar”, ha dejado de ser máxima olímpica, porque nadie se la creía. Digamos que era debilior con respecto al afortunado eslogan del dominico francés, más fuerte, más real, el que ha llegado más alto y más lejos.

De hecho, los juegos olímpicos de la era moderna, además de un gigantesco negocio, ha devenido en cuestión de Estado para todos los países, pues en ellos se dirimen las hegemonías globales utilizando el hecho deportivo como vara de medir progreso. Compiten hombres y mujeres, pero sobre todo compite el prestigio nacional de los países.

La semana pasada el atleta keniano Sebastian Sawe se laureó en la Maratón de Londres y se convirtió en el primer humano conocido en completar la distancia mítica de cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros por debajo de las dos horas, concretamente en una hora, cincuenta y nueve minutos y treinta segundos.

La crónica del acontecimiento escrita en el diario El Pais por Fernando Miñana, después de comparar la hazaña con el primer paso del hombre en la Luna, nos dice que “once segundos después cruzó la meta el etíope Yomif Kejelcha, que lograba el sueño de todo maratoniano, romper esa barrera, y lo hacía en el día de su debut. El etíope, en su derrota más triunfal, se tambaleaba como un juguete roto.”

El juguete roto, el perdedor, el debilior, es un hombre que en menos de dos horas -lo que yo tardo en caminar ocho kilómetros- ha devorado la distancia que hay entre Maraton y Atenas, la misma que separa Illescas y Madrid. El juguete roto no pasará a la historia, nadie le recordará, a pesar de haber conseguido una gesta equivalente a la del ganador de la carrera. Sólo hay laurel para el citius, altius fortius; sólo hay recompensa para quien se impone a los otros, porque los otros han demostrado ser más débiles.

Creo que a estas alturas de la historia resulta inútil preguntarse por qué somos una especie con necesidades tan extravagantes como inútiles. Quizás la pregunta sea tan innecesaria como el hecho en sí. Esa necesidad humana de superar límites de todo tipo es inherente y exclusiva de nuestra especie, pero no nos apremia desde que nos pusimos en pie, y tampoco a todas las culturas. Diría que, si no es endémica de Occidente, al menos está tan vinculada a nuestra cultura y nuestro modo de vida como la compañía Coca Cola a los Juegos Olímpicos.

La superación personal no es negativa. De hecho, es virtuosa. Desear ser mejor en relación a uno mismo, en cualquier aspecto de la vida, es a todos los efectos aconsejable. Se trataría, en definitiva, de ser buena persona, buen profesional, buen amigo, buen compañero…incluso buen nadador o buen corredor. Bueno es adjetivo, y nos interpela a nosotros mismos. Mejor es adverbio y su sentido y significado se funda en relación a otros. Como dijo aquel sabio, deberíamos tratar de ser competentes, y no competitivos

El contexto en el que dominico francés Henri Didon creó el célebre lema, que devendría olímpico, era el de la Revolución Industrial, en pleno auge del capitalismo más salvaje, que llenaba de miseria y explotación las ciudades. Legiones de mujeres, hombres y niños acudían a las fábricas y a las minas tras ser desarraigados de sus tierras y de sus pueblos mientras los patrones se enriquecían con la fuerza de su trabajo y la carencia de todo derecho. Citius, altius, fortius.

En cada transacción, en cada venta, en cada negocio, en las calles, en los comercios en los salones de las casas, en los parques, en las cantinas, y cómo no en los colegios se construía día a día una determinada cultura, un modo de vida, la cosmovisión ciudadana, la hegemonía de un sentido común colectivo que proclamaba y marcaba a fuego en las mentes una determinada forma de entender el progreso, la convivencia y la organización social.

Citius, altius, fortius , leían cada día al entrar al colegio Alberto Magno de Accueil los niños que tenían ese privilegio, donde les educaba el dominico olímpico. De algún modo, el concepto de progreso que nos impele día a día a competir con los demás, renunciando en el intento a ser simplemente buenos, es en realidad reaccionario, anticuado y obsoleto, y nos deja varados en el pasado. Progresar es avanzar. Estar mejor no es lo mismo que ser mejor. Lo primero es un atributo, lo segundo indica superioridad, y por tanto, lucha y competitividad, triunfo o fracaso, gloria o desprecio. Progresar es cambiar todo aquello que nos hace mal.

El periodista del diario El Pais, Carlos Arribas, remataba así la faena de su compañero Fernando Miñana, glosando días después el fracaso del segundo clasificado, del debilior

Yomif Kejelcha, el atleta que hizo historia y al que nadie recordará. Quizás su cabeza, una modestia, falta de ambición, que no casa con su clase y su estilo espectaculares, tenga algo que ver con la contumacia (sic) con la que acumula buenos resultados y pocas victorias.” 

Kejelcha completó cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros en menos dos horas, pero -¡mecachis!-,  le falta ambición, y lo peor: no gana. El Padre Didon le hubiese sentado en la fila de los torpes.

martes, 24 de marzo de 2026

En peligro de extinción

 


Irene de Miguel y Unidas por Extremadura doblaron escaños en las últimas elecciones autonómicas celebradas hace unos meses con una candidatura de unidad, en la que participaron Podemos, Izquierda Unida y Alianza Verde. Esta lista, que obtuvo veinte mil votos más que en 2023 a pesar de la caída de la participación, ha conseguido unos resultados históricos para la izquierda a la izquierda del PSOE, eso que algunos llaman ahora, en tiempos telúricos, la izquierda radical.

Al norte, Francisco Guarido está a punto de cumplir diez años como alcalde de la ciudad de Zamora encabezando en las tres elecciones que ha ganado la lista de Izquierda Unida. Hace tan solo una década, Zamora, como otras muchas ciudades castellano-leonesas, era un bastión del PP, gobernado por este partido conservador durante veinte años. Los zamoranos respetan y votan a Paco el conserje, el único alcalde de izquierdas de una capital de provincias en toda España, porque es un tipo perseverante, humilde, cercano, sincero, luchador y honrado que ha logrado mantener a su formación política libre de divisiones internas, entregada a solucionar problemas y mejorar la vida de sus conciudadanos.

Tanto Francisco Guarido como Irene de Miguel no resistirían ni medio día dentro de las sedes centrales de sus respectivos partidos, y no por falta de arrestos o capacidad para enfrentar cualquier conflicto, sino porque no llegaron a la política para el compadreo, el sectarismo, la puñalada por la espalda, el arribismo, el oportunismo, la traición y la lucha descarnada por un buen lugar en las listas que les proporcione el sillón público desde el que derramar sus vanidades.

Tanto Irene como Francisco son dos rarezas dentro del espectro de la izquierda porque ha conseguido aguantar el desplazamiento violento hacia la derecha que ha producido la geología política de los últimos años y no sólo han fidelizado a su electorado, sino que han conseguido ganarse la confianza de más ciudadanos que o bien no comulgaban con la ideología de sus formaciones, o desencantados ante la deriva woke habían renunciado a votar.

La izquierda española heredera de la tradición comunista que abanderó en los noventa del siglo pasado Julio Anguita, acabó desembocando en un pujante Podemos gracias a la gran crisis económica e institucional que sufrieron todas las democracias occidentales a finales de la primera década del siglo XXI.

En España, Podemos supo capitalizar el movimiento del 15M, atraer a masas de indignados, independientemente de su ideología, y así cosechó los mejores resultados de la historia de la izquierda en una elecciones generales. Bajo la aparente virtud de la novedad y de la integridad, sus líderes, jóvenes universitarios, honestos e impetuosos, se presentaron como los adalides del “no nos representan” y vincularon exitosamente las ideas negativas de la casta, el régimen del 78 y el bipartidismo a sus adversarios. ¡Todo para los círculos!

Tras un primer gobierno resultante de una moción de censura a M.Rajoy, dos convocatorias electorales consecutivas, arduas negociaciones y la resolución del dilema conIglesias o conRivera,  a Pedro Sánchez no le quedó más remedio que arriesgarse a perder el sueño y constituir el primero gobierno de coalición de izquierdas desde la II República, con Pablo Iglesias como Vicepresidente y dos ministros del PCE, ni más ni menos. Ni en la República los comunistas habían conseguido tanto poder ejecutivo.

Eso ocurrió el penúltimo día del año 2019. Desde aquel 15 de mayo de 2011 había llovido mucho y en esa lluvia de tiempo, la fuerza semántica del célebre círculo comunero se había diluido y devenido en lo que siempre fue, una sugerente y sencilla forma geométrica.

De ese frente borrascoso que lo ha cambiado todo, destaca la tempestad catalana, el más grave conflicto institucional y nacional que ha vivido España desde el 23 F, del que surgirá la figura de Gabriel Rufián, y al mismo tiempo la ultraderecha nacionalcatólica de VOX, y la ultraderecha nacionalcatalanista de AC, ambas formaciones consecuencia directa del secesionismo catalán.

En ese tránsito, mientras la Historia iba sucediéndose en los hechos, el fascismo recuperaba el protagonismo perdido desde hacía un siglo a causa, entre otras cosas, del fenómeno del wokismo, consistente en la autodestrucción o disolución de los partidos comunistas y en la substitución de su corpus ideológico basado en la lucha de clases, la defensa de los derechos de los trabajadores y la justicia social por una amplia panoplia llamada diversidad gracias a la cual todas las energías se orientan hacia los derechos LGTBIQ+, el transhumanismo, el lenguaje inclusivo, el mascotismo, el veganismo -en España, además,  la aquiescencia hacia los nacionalismos fragmentarios- y toda una serie de causas minoritarias que desplazan a los trabajadores y a las trabajadoras -a los humildes- de su target de acción política.

El electorado natural de la izquierda ya no confía ni en sus líderes ni en sus partidos,  transformados en una amalgama territorialista de mareas encabezadas por figuras desidiologizadas que jamás ha pisado una fábrica, no han subido a un andamio o duras penas saben cómo se llama el animal con cuernos que da leche. Son hombres y mujeres pertenecientes a una generación que no vivió el 23F, que han asumido como propia la cosmovisión emparejada al libre mercado y que es incapaz de proponer -o ni tan si quiera pensar- un proyecto de izquierdas nacional, orientado a las necesidades de los trabajadores y trabajadoras españoles, porque han matado a sus padres y no desean estudiar lo que dijeron sus abuelos, y porque la burguesía que detenta el poder en las autonomías mal llamadas históricas les ha convencido de que España no es una nación, aunque las suyas sí.

Aún recuerdo con pasmo y vergüenza a Ramón Tamames, figura histórica del PCE, defendiendo el año pasado en el Parlamento la moción de censura de VOX contra el presidente del gobierno.

Ahora, Gabriel Rufían, ese charnego acomplejado, oportunista y ocurrente, que desea birlar a España la tierra de Cataluña, se postula para concitar la unidad de las izquierdas y dar la batalla ideológica y política contra las derechas en una nueva operación de marketing basada en el personal branding y el posicionamiento publicitario de una nueva marca entre un electorado hastiado; una marca, que contendrá - no me cabe duda- todos los colores del espectro de Goethe, excepto el rojo, no sea que crean que somos comunistas, por favor.

Es el gran sarcasmo. Lo peor de todo es que no son pocos los que no verían mal una candidatura de izquierdas encabezada por este sujeto, que ha crecido al amparo del secesionismo, promovido por los señoritos de la burguesía catalana como el negro zumbón, alegre y risueño que atraerá el voto emigrante.

Esta generación de políticos, habituada a la mercadotecnia en todas las áreas sociales y vitales, desconoce que históricamente, cada voto que ha conseguido la izquierda es un voto trabajado en los barrios, en las fábricas, en los colegios, en el tejido asociativo y cívico de las ciudades y de los pueblos de España durante meses, durante años.

Irene de Miguel, Francisco Guarido y los hombres y mujeres que comparten con ellos sus respectivos proyectos políticos saben que mientras que a otros partidos les vale con pegar el cartel del político de moda, utilizar con habilidad las redes sociales  o sencillamente subirse a la ola emergente de la marca del momento, a la izquierda real sólo le va bien cuando trabaja a conciencia el tejido social desde la base;  saben que a pesar de que el marco cultural y socioeconómico actual maleduca ciudadanos hacia la superficialidad y la vulgaridad y que el tarea de romperlo o tan solo arañarlo es ingente, para la izquierda real no hay otro modo de conseguir la confianza de la gente que viviendo a su lado, mostrando codo con codo que sus problemas son los propios, que sus anhelos son compartidos, y estableciendo con esas premisas una organización sólida y cohesionada.

No hay peor ciego que el que no quiere ver. La política es hoy día, más que nunca, el ejercicio de la publicidad con la finalidad de conseguir el poder. Cuando la izquierda juega sólo esa carta, pierde. Gabriel Rufián es el epítome de ese quehacer, todo lo contrario que Irene de Miguel y Francisco Guarido, únicos supervivientes de una especie en peligro de extinción. Harían bien sus partidos en cuidarlos, mimarlos, pero sobre todo copiarlos. Es la última baza, la única posibilidad de recuperar el espacio perdido, porque de ello depende la transformación de la sociedad, los derechos de los trabajadores y un horizonte algo más halagüeño.

sábado, 28 de febrero de 2026

Frente a Pedro Insua

 


El secesionismo catalán puede llevarse a gala la resurrección del nacionalismo patriotero español de estirpe fascistoide, y del nacionalismo patriotero catalán de raíz tradicionalista carlista. Ambos ya se hospedaban, palpitantes, en el seno del Partido Popular y de Convergencia i Unió-JuntsxCat. Hay razones históricas más que fundadas para afirmar que en el seno de ERC vive también una tradición de cuna mussoliniana y que la CUP juega en Cataluña el papel que las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas (JONS) jugaban dentro de la Falange Española.

Ese es su gran logro político, compartido al cincuenta por ciento con la neutralización y desactivación del movimiento popular que supuso el 15M de 2011 y la posterior destrucción de las izquierdas, tanto estatales como catalanas, cegatas, estúpidas, idiotas, ante la mayor operación de propaganda política europea desplegada después de la Segunda Guerra Mundial.

Nuestro lodazal político es el producto de aquellos polvos.

Lo único que ha dado de positivo esta última década es que finalmente, a la luz de la realidad,  el presente demuestra que la gran mayoría de los catalanes no desean separarse de España, que el secesionismo se reduce a una minoría, y que por tanto todo fue el fruto de una gran campaña propagandística orquestada por la élite nacionalista convergente con el fin de conservar el poder, aunque también de la irresponsabilidad y de la torpeza táctica del PP de M.Rajoy, a los que el fragor de los tumultos y los envites separatistas les vinieron como anillo al dedo para aglutinar a su parroquia nacionalista española y ocultar sus ostentosas y escandalosas corruptelas.

Durante aquellos diez años ignominiosos se amortizaron para siempre algunas caras conocidas de la política que se pretendían eternas, y surgieron nuevas, tan mediocres o más que sus antecesores. Es tan vertiginosa la velocidad a la que se suceden los hechos que incluso aquellos entusiastas creadores del sí se puede ya están saldados, y los más listos entre los listos del secesionismo, que sólo pretendían ocupar sus escaños dieciocho meses, ahora se postulan para salvar España del fascismo y conquistarla por la izquierda.

Al rebufo de este fenómeno de tsunami, resaca y estabilización de la marea, surgieron también algunas firmas, intelectuales, historiadores, meritorios y veteranos de la cultura, hasta el momento poco conocidos. Yo leí con gran interés, por ejemplo, a Jorge Polo Blanco, del que reseñé su libro “Románticos y racistas” en el que desvela los orígenes ideológicos filofascistas de los nacionalismos gallego, catalán y vasco.

También leí con interés a Marcelo Gullo -igualmente recensionado por un servidor-  y a Elisa Roca Barea, ambos empeñados en deconstruir la Leyenda Negra española, que tan alto rendimiento político-cultural ha dado a los nacionalismos fragmentarios y en la Historia política internacional a quienes pugnaron contra España por el dominio geopolítico del mundo.

Añado a esta lista al cineasta José Luis López Linares, de trayectoria más que contrastada, con cerca de 40 películas a sus espaldas, ganador de tres Goyas, con trabajos sublimes como por ejemplo en “El sol del membrillo” o ”Asaltar los cielos” , productor, guionista y director de los documentales “Hispanoamérica, canto de vida y esperanza” y “España, la primera globalización”

Además, durante estos últimos años ha surgido también un personaje curioso de nombre  Santiago Armesilla, marxista ortodoxo, de estirpe estalinista, con pintas de cantante heavy,  que goza de gran predicamento entre el rojipardismo patrio, al que suele bailarle el agua Paloma Hernández, artista plástica licenciada en bellas artes, metida a filósofa, más conocida en las redes sociales como Fortunata y Jacinta. Todos ellos, frecuentadores del programa de televisión  “El gato al agua” que dirige en El Toro TV el atrabiliario José Javier Esparza, de remembranzas legionarias.

Son activistas del materialismo filosófico patriota y forman una especie de bastión cultural del nacionalismo español, muy activo, surgido como defensa al desafío secesionista,  capitaneados por un personaje de inteligencia extraordinaria, gran capacidad intelectual, cultísimo, de memoria prodigiosa,  que domina como nadie los resortes de la manipulación y que como el resto, ha crecido y se ha constituido, gracias a las redes sociales, en referencia intelectual del anti independentismo catalán y del resto de nacionalismos a los que llama fragmentarios. Se trata del filósofo gallego Pedro Insua.

Insua es el discípulo aventajado del difunto Gustavo Bueno -cuya figura y obra se va difuminando en la historia como un azucarillo- y por tanto, faro contemporáneo del materialismo filosófico. En pleno auge secesionista, yo acudí a su obra y a la de algunos de los antes mencionados, y encontré razones históricas e intelectuales objetivas y herramientas racionales que me ayudaron a enfrentar las mentiras y manipulaciones de los nacionalismos separatistas que no me proporcionaban los intelectuales de cabecera de la izquierda española; pues según un estúpido silogismo progresista, concebir la nación española en su totalidad es franquista y concebir la ruptura de la nación española es izquierdista. Es decir, según la lógica izquierdista estatal (no les gusta que les llamen españoles) Cataluña, Euskadi y Galicia son naciones milenarias, pero España nunca lo fue y nunca lo será. El intrépido navegante Elcano no era español,  era vasco, pero el asesino cruel Lope de Aguirre, aunque también vasco, era español. Los esclavistas catalanes eran españolistas, y los soldados que murieron en Cuba eran catalanes oprimidos, y así…

Hace apenas cuatro años, tras la lectura de toda su obra, escribí en este mismo blog “La guerra de Insua” * una entrada prolija, casi hagiográfica, sobre el ínclito Insua, sus libros y la batalla cultural en la que se hallaba inmerso. Con Insua he gozado. Leer a Insua es acceder a razones y de algún modo a la recuperación de verdades políticas e históricas.

Desde que Salvador Illa ganó electoralmente la presidencia de la Generalitat se ha evidenciado la debilidad del embate independentista, y ha aflorado todo el embuste de su argumentario y del pretendido clamor popular por una república catalana. Es cierto que en el juego del parlamentarismo democrático el candidato a presidente Pedro Sánchez compró el voto de siete escaños secesionistas por una amnistía para seguir en el gobierno.

Yo he sido muy crítico con esa decisión, pues supuso una de esas mentiras políticas de peso como para negarle a alguien la confianza traicionada en el espacio de dos noches, las que mediaron entre el final de la campaña electoral y el día que conocimos los resultados de las últimas elecciones generales.

Ante los acontecimientos, Pedro Insua, legítimamente y en coherencia con su pensamiento, ha continuado dando la batalla contra los nacionalismos fragmentarios y sus aliados en el Parlamento. Sin embargo, ha cometido un gran error, tanto o más grave como el que cometió Pedro Sánchez, por muchas políticas sociales que haya impulsado.

Pedro Insua ha cruzado el Rubicón. Tras meses dando pábulo a bulos, alimentando en las redes sociales las infamias y difamaciones que publican los tabloides digitales financiados con dinero público por gobiernos autonómicos de la ultraderecha y en coordinación con jueces prevaricadores; ejerciendo, por el contrario, el papel de los tres monos sabios ante los casos de corrupción gravísimos de la derecha reaccionaria; callando frente a las negligencias delictivas que protagonizan los gobernantes conservadores y filofascistas en varias comunidades autónomas,  sin opinión frente a la amistad y afinidad política de Santiago Abascal con Donald Trump, Milei o Epstein; mudo ante las votaciones en contra de medidas que mejoran la vida de los españoles….

Y es que a Pedro Insua, como me decía mi amigo twitero Marcop, sólo le interesa la eutaxia, la capacidad del Estado para permanecer, sin más. Su materialismo filosófico le hunde en un trastorno obsesivo compulsivo que le convierte en uno de esos personajes atormentados y obsesionados de las novelas de Dovstovieski.

Porque a Pedro Insua la gente, los ciudadanos, los españoles y las españolas le resultan incluso contingentes, prescindibles. Para él España no es una voluntad política colectiva que se desarrolla en la Historia dentro de un límite geográfico en su diversidad cultural; para Insua España es tiempo, materia y ser, es verbo y sustantivo; España es el medio y el fin, sin más. La patria como objeto de dogma de fe, un ente abstracto devenido en sustancia. Su maestro Gustavo Bueno renegaba de la metafísica, pero Insua se hace trampas al solitario y se transforma en heideggeriano, ¡ por el bien de España, coño!  Por eso, recientemente, el filósofo y activista gallego ha hecho público su voto a VOX. No podía ser de otra manera. 

Ahí te quedas, Pedro, con tu materialismo filosófico y tu nacionalismo casposo de escapulario, peineta y toros. Has conseguido calcar en tu activismo patriotero los mismos modos y las mismas ideas de aquellos a los que combates. Me tendrás enfrente, con todo, humildemente.

*Enlace a "La guerra de Insua", entrada que publiqué en este blog a finales de julio de 2022

https://elpobrecitohabladordelsigloxxi.blogspot.com/2022/07/la-guerra-de-insua.html