Citius, altius fortius es el lema olímpico que alienta o invoca a los deportistas a conseguir lo que los tres acusativos proclaman. Las tres palabras provienen de sus tres respectivos adjetivos latinos cito, altus, fortis, que han sido transformados en adverbios comparativos a través de la terminación ius.
Entre ser rápido, fuerte y llegar alto y ser más fuerte, más rápido y llegar más alto hay una gran diferencia, que se cifra en la competitividad. Sin la terminación ius nos encontramos ante la mera descripción de una cualidad conseguida en el cuerpo de un atleta gracias a la preparación, el sacrificio, el esfuerzo y, en buena medida, a la naturaleza de sus genes.
Digamos que el sufijo ius es transformador porque parte de una realidad individual para convertirse en plural gracias a la concertación de un enfrentamiento con el que dilucidar el mejor entre dos o más varios contendientes, y por tanto el digno merecedor de la corona laureada a costa del fracaso de sus rivales. Es decir, tras la competición alguien es fortius porque otro es el debilior.
El padre dominico y pedagogo francés Henri Didon creó la máxima y la esculpió en piedra en el frontispicio del colegio Alberto Magno de Accueil. En origen fue un lema educativo y deportivo que pretendía inculcar en los estudiantes el esfuerzo y la superación constante. Didon conocía a Pierre de Coubertin, quien adoptó en 1894 los tres acusativos como consigna inspiradora de la primera olimpiada de la edad moderna.
Hace cinco años, parece ser que como respuesta solidaria a causa de la pandemia del COVID, el Comité Olímpico Internacional añadió a los tres acusativos latinos el adjetivo communiter, que significa juntos, de modo que el eslogan actualizado oficial es “Más rápidos, más altos, más fuertes-juntos.” Al incorporar el nuevo adjetivo, el resultado de la consigna olímpica es un oxímoron, porque entre los más y los menos no puede haber unidad. Uno es más a costa de los menos y uno es menos en beneficio del que es más.
Llegado a este punto alguien me aconsejará que deje de fumar grifa, que no me caliente, que la cosa es mucho más sencilla. Tan sencilla como que la divisa olímpica alternativa, “lo importante es participar”, ha dejado de ser máxima olímpica, porque nadie se la creía. Digamos que era debilior con respecto al afortunado eslogan del dominico francés, más fuerte, más real, el que ha llegado más alto y más lejos.
De hecho, los juegos olímpicos de la era moderna, además de un gigantesco negocio, ha devenido en cuestión de Estado para todos los países, pues en ellos se dirimen las hegemonías globales utilizando el hecho deportivo como vara de medir progreso. Compiten hombres y mujeres, pero sobre todo compite el prestigio nacional de los países.
La semana pasada el atleta keniano Sebastian Sawe se laureó en la Maratón de Londres y se convirtió en el primer humano conocido en completar la distancia mítica de cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros por debajo de las dos horas, concretamente en una hora, cincuenta y nueve minutos y treinta segundos.
La crónica del acontecimiento escrita en el diario El Pais por Fernando Miñana, después de comparar la hazaña con el primer paso del hombre en la Luna, nos dice que “once segundos después cruzó la meta el etíope Yomif Kejelcha, que lograba el sueño de todo maratoniano, romper esa barrera, y lo hacía en el día de su debut. El etíope, en su derrota más triunfal, se tambaleaba como un juguete roto.”
El juguete roto, el perdedor, el debilior, es un hombre que en menos de dos horas -lo que yo tardo en caminar ocho kilómetros- ha devorado la distancia que hay entre Maraton y Atenas, la misma que separa Illescas y Madrid. El juguete roto no pasará a la historia, nadie le recordará, a pesar de haber conseguido una gesta equivalente a la del ganador de la carrera. Sólo hay laurel para el citius, altius fortius; sólo hay recompensa para quien se impone a los otros, porque los otros han demostrado ser más débiles.
Creo que a estas alturas de la historia resulta inútil preguntarse por qué somos una especie con necesidades tan extravagantes como inútiles. Quizás la pregunta sea tan innecesaria como el hecho en sí. Esa necesidad humana de superar límites de todo tipo es inherente y exclusiva de nuestra especie, pero no nos apremia desde que nos pusimos en pie, y tampoco a todas las culturas. Diría que, si no es endémica de Occidente, al menos está tan vinculada a nuestra cultura y nuestro modo de vida como la compañía Coca Cola a los Juegos Olímpicos.
La superación personal no es negativa. De hecho, es virtuosa. Desear ser mejor en relación a uno mismo, en cualquier aspecto de la vida, es a todos los efectos aconsejable. Se trataría, en definitiva, de ser buena persona, buen profesional, buen amigo, buen compañero…incluso buen nadador o buen corredor. Bueno es adjetivo, y nos interpela a nosotros mismos. Mejor es adverbio y su sentido y significado se funda en relación a otros. Como dijo aquel sabio, deberíamos tratar de ser competentes, y no competitivos
El contexto en el que dominico francés Henri Didon creó el célebre lema, que devendría olímpico, era el de la Revolución Industrial, en pleno auge del capitalismo más salvaje, que llenaba de miseria y explotación las ciudades. Legiones de mujeres, hombres y niños acudían a las fábricas y a las minas tras ser desarraigados de sus tierras y de sus pueblos mientras los patrones se enriquecían con la fuerza de su trabajo y la carencia de todo derecho. Citius, altius, fortius.
En cada transacción, en cada venta, en cada negocio, en las calles, en los comercios en los salones de las casas, en los parques, en las cantinas, y cómo no en los colegios se construía día a día una determinada cultura, un modo de vida, la cosmovisión ciudadana, la hegemonía de un sentido común colectivo que proclamaba y marcaba a fuego en las mentes una determinada forma de entender el progreso, la convivencia y la organización social.
Citius, altius, fortius , leían cada día al entrar al colegio Alberto Magno de Accueil los niños que tenían ese privilegio, donde les educaba el dominico olímpico. De algún modo, el concepto de progreso que nos impele día a día a competir con los demás, renunciando en el intento a ser simplemente buenos, es en realidad reaccionario, anticuado y obsoleto, y nos deja varados en el pasado. Progresar es avanzar. Estar mejor no es lo mismo que ser mejor. Lo primero es un atributo, lo segundo indica superioridad, y por tanto, lucha y competitividad, triunfo o fracaso, gloria o desprecio. Progresar es cambiar todo aquello que nos hace mal.
El periodista del diario El Pais, Carlos Arribas, remataba así la faena de su compañero Fernando Miñana, glosando días después el fracaso del segundo clasificado, del debilior:
“ Yomif Kejelcha, el atleta que hizo historia y al que nadie recordará. Quizás su cabeza, una modestia, falta de ambición, que no casa con su clase y su estilo espectaculares, tenga algo que ver con la contumacia (sic) con la que acumula buenos resultados y pocas victorias.”
Kejelcha completó cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros en menos dos horas, pero -¡mecachis!-, le falta ambición, y lo peor: no gana. El Padre Didon le hubiese sentado en la fila de los torpes.



